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¡Caníbales en la zona!

Entre frondosos bosques del sureste de Papúa Nueva Guinea habita una de las últimas tribus caníbales que se conocen en el mundo: los Korowai, también denominados Kolufo. Según algunos cálculos, su población está compuesta por unos 4.000 individuos, aunque suelen residir en grupos de entre diez y doce personas.

Los árboles son el principal refugio de los Korowai | http://www.ardilla.eu

Son cazadores y recolectores -aunque también practican la agricultura mediante un sistema de rotación de cultivos- por lo que utilizan arcos y flechas para conseguir, mediante la caza, sus alimentos.

Una de las características de esta tribu es la construcción de sus habitáculos en árboles. La altura normal a la que construyen sus casas es de entre seis y veinticinco metros, aunque, en tiempos de guerras intertribales, pueden llegar a situarse a 50 metros sobre el suelo. El objetivo con el que se realizan estas construcciones es su protección contra las frecuentes subidas de agua –los terrenos en los que habitan son pantanosos-, el calor, los mosquitos y, obviamente, las tribus enemigas. Para acceder a las casas utilizan lianas y tallan una especie de escaleras en los troncos de los árboles en los que las sitúan. Además, han ideado un sistema con una trampilla que posibilita la realización de fuego dentro de la vivienda, aunque, en los casos en el que el fuego se descontrola, se deja caer por esta trampilla. Para ello, limpian antes de vegetación los suelos; pues, si no, el fuego probablemente se propagaría.

La altura a la que sitúan las viviendas varía según la tribu y el objetivo | http://www.diariosalta.com

Otra característica que destaca esta tribu es la práctica del canibalismo. Pese a no haber documentos concretos que lo acrediten, es muy probable que los Korowai practiquen el canibalismo a modo de castigo, es decir, cuando un hombre enferma es porque un brujo (llamado kakhua) está “comiéndose sus entrañas de forma mágica”, por lo que el enfermo señalará quién es este antes de fallecer para que, posteriormente, sea devorado por la tribu.

Estas prácticas derivan de la creencia de que el alma de cada ser humano se encuentra en el cerebro y el estómago, por lo que, al comerse al brujo, termina el terror del resto de ser “devorados de forma mágica” también.

Por último, destacan también prácticas como las ofrendas de jabalíes a los Dioses, la perforación de la nariz con una espina, la utilización de los ojos de murciélagos como ornamentación femenina, así como el retorcimiento del aparato reproductor masculino y su envoltura entre hojas.

Pese que no es común su contacto con extranjeros -ni tampoco con otros pueblos como los Kurelu, que residen en la misma isla-, los Korowai han permitido que algunos pudieran visitar sus tierras y conocer sus costumbres. Fruto de ello, los reporteros del programa español Callejeros Viajeros pudieron grabar su modo de vida y conocerlos:

FOTOGALERÍA 

ENTREVISTA

La siguiente entrevista a Paul Raffaele fue publicada en la revista Muy Interesante.

Paul Raffaele, entrevistado | http://historiasdelregatecha.blogspot.com.es

Desde su primer contacto con los indígenas más desconocidos de Myanmar –antes Birmania– y Laos, el empeño de Paul Raffaele, que comenzó su carrera como corresponsal de la cadena de televisión estadounidense ABC en Pekín hace 30 años, ha sido llegar hasta las tribus más remotas del planeta para escri bir sobre ellas antes de que se las trague la civilización. En algún punto del camino, ese afán se mezcló con el de estudiar de cerca los animales salvajes, su otra pasión, y desde entonces el escritor errante reparte sus viajes entre ambos objetivos. Raffaele elabora una mezcla bien escrita de historia, política, antropología y aventura, y sus relatos aparecen en las mejores revistas científicas y de naturaleza. En sus expediciones ha vagado por la selva venezolana a la caza de anacon das, ha aprendido a fabricar curare con indios del Amazonas, ha buscado el Arca de la Alianza en Etiopía y ha contemplado la más violenta modalidad del juego de polo en Paquistán. Pero su hazaña más memorable ha sido la de dormir entre los caníbales de la tribu korowai de Nueva Guinea.

Desde su casa en Sydney, Raffaele confiesa que está “atacado”. Al día siguiente se va al Congo, escoltado por fuerzas de paz de las Naciones Unidas –la única forma de conservar la vida–, para pasar unos días con los gorilas de montaña. Después volará a India a hacer un reportaje sobre una tribu de caníbales que vive a orillas del Ganges, pero aún tiene que vacunarse contra un sinfín de enfermedades de nombres impronunciables y reparar una dentadura que le trae de cabeza.

–¿Cómo va ese dolor de muelas?
–Mejor, pero espero curarlo del todo. No quiero sufrirlo cuando esté en Ruanda frente a un gorila.

–No será tan temible como los caníbales korowai, con los que usted convivió. ¿Quiénes son y cómo llegó hasta ellos?
–La tribu korowai de Nueva Guinea es una de las pocas que aún practica el canibalismo. La forman unos 4.000 individuos que viven en grupos de 10 o 12 personas en casas construidas en las copas de los árboles en medio de la selva. No saben qué es la electricidad, ni los coches, ni las carreteras, ni los violines, ni la penicilina, ni Cervantes, ni el agua corriente, ni casi nada de lo que podamos imaginar. A los extranjeros los llaman laleo –“demonios fantasmas”–, aunque la mayo ría ni siquiera ha visto jamás a una persona de raza blanca. Entre ellos se pelean a menudo, y matan y se comen a los que consideran khakhua, o brujos que toman la forma de hombres y son responsables de las muertes misteriosas de los miembros de la tribu. Para llegar hasta allí tuve que caminar y navegar durante varios días por una selva inunda da. Mi guía, Kornelius Kembaren, lleva 13 años viajando por el territorio pero nunca había remontado tanto el río, porque los korowai amenazan con matar a quienes se adentran en sus domi nios. Kembaren tuvo que desplegar toda su diplomacia para que aceptaran nuestra visita.

–¿Cómo fue la primera reunión con el líder caníbal?
–Una noche subimos a su casa arbórea, que era bastante amplia. Nos sirvieron un pescado de río, y el jefe, Boas, usando a Kembaren como traductor, me contó que los khakhuas se presentaban por la noche disfrazados de parientes o amigos de su futura víctima para devorarle las entrañas durante el sueño y rellenarlas con fuego, antes de rematarla disparándole un dardo en el corazón. Según Boas, lo normal es que el moribundo pronuncie antes de morir el nombre de su khakhua asesino, que podía ser un habitante de su casa- árbol o de otra distinta. “Por eso”, insistió Boas, “tenemos que acabar con los khakhuas. Son dañinos”. Después se quedó mirándome maliciosamente y me dijo: “nosotros no comemos humanos. Sólo khakhuas”.

–¿Y cómo hace la tribu para identificar a los khakhuas entre su propio clan?
–He ahí la cuestión. Es algo muy subjetivo porque es el moribundo quien los identifica. Yo creo que la sensación del estómago ardiendo no es otra cosa que retortijones causados por parásitos. Pero sea como sea, el enfermo tiene el poder de acusar a alguien, o lo que es lo mismo, de condenarlo a muerte.

“Del ser humano se comen todo… excepto los huesos, las uñas y el pene”

–¿Durante la cena, se sentía a salvo?
–Yo estaba tranquilo con Boas porque me parecía una persona “razonable”, hasta que apareció Kilikili, el asesino más notable del clan, según mi intérprete, un tipo de mirada inexpresiva cuya boca dibujaba una mueca que me puso los pelos de punta. De pronto sacó de una bolsa el cráneo de Bunop, su víctima más reciente, a la que había matado y sacado el cerebro con el hacha de piedra que llevaba colgada al cinto. Los ojos de Kembaren se humedecieron mientras me comentaba espantado que Bunop era uno de sus porteadores habituales. A continuación me pasaron el cráneo. Yo no quería cogerlo pero tampoco pretendía ofender a los korowai, así que lo sostuve entre mis manos y se me heló la sangre al sentir el contacto con el hueso. Ningún occidental había estado jamás en esa situación. Me contaron que Bunop merecía morir porque era un khakhua que había matado al primo de uno de los miembros del clan: “Así que lo atamos, lo llevamos río arriba y lo acribillamos a flechazos. Luego, mientras entonábamos nuestros cantos rituales, le sacamos los intestinos, le abrimos las costillas y le cortamos los brazos y las piernas”. Después repartieron los trozos de carne entre los miembros del clan. La cabeza se la dieron al que había identificado al khakhua. Cocinaban la carne humana mediante el mismo procedimiento que la de cerdo, envuelta en hojas de plátano bajo una pila de piedras calientes que hacían de horno.

–¿A usted le tocó comerla?
–Por suerte no, ya que la matanza había tenido lugar unos días antes, pero les pregunté a qué sabía la carne humana, si se parecía al cerdo. Uno de ellos negó con la cabeza y me dijo que sabía a casuario, el ave característica de Nueva Guínea. También me contaron que en las comidas khakhua no participan los niños y que los hombres y mujeres presentes se comen todo excepto los huesos, las uñas y el pene. “A mí me gusta todo”, señaló Kilikili, “pero el cerebro es mi bocado favorito”, y los demás asintieron en silencio.

–¿Y esa noche logró conciliar el sueño?
–Poco. Estaba fascinado pero también impresionado y asustado de pensar que iba a dormir entre caníbales. Para colmo, al día siguiente apareció un tipo musculoso armado con arco y flechas y se sentó en medio del grupo, evitando mi mirada; sin embargo, durante la mañana noté que mientras yo hablaba con Boas sobre el clima y las cosechas él me estu diaba detenidamente. Luego Kembaren me dijo que se trataba de Lepeadon, el khenmengga- abül u “hombre fiero” del clan. Una hora después se sentó a mi lado, muy serio, y me dijo: “yo pensaba que era usted un fantasma, pero ahora veo que es un humano igual que nosotros”. Le iba a contestar cuando un niño me saltó encima y trató de quitarme los pantalones en medio de las risotadas generales. Para los korowai la ropa es algo absurdo.

–¿Existe algún truco para lograr que te acepten?
–El mío es hacerles reír. En una ocasión hice un viaje memorable a Brasil con Sydney Possuelo, un directivo del gobierno de ese país que se ocupa de las tribus indígenas amazónicas más aisladas. Sydney es una persona increíble que ha establecido contacto amistoso con siete tribus que jamás habían visto a un extranje ro, y ha sabido ganarse su respeto. Es el último de los grandes exploradores. Pues bien, en una ocasión me llevó a visitar a los korubo, un grupo muy aislado que vive en una zona remota a la que se llega tras un penoso viaje a través de cientos de kilómetros de selvas y ríos. Al acercarnos a la maloca, una choza comunal que sirve de punto de reunión de todo el clan, Sydney me advirtió que debía estar alerta porque los korubo, conocidos también como los aplastacabezas, eran, según me dijo, personas impredecibles y a veces muy violentas que habían matado recientemente a tres hombres blancos por traspasar su territorio. Incluso a él le habían atacado en alguna ocasión. El caso es que pasadas unas horas me dejaron solo con un grupo de niños y jóvenes que me miraban boquiabiertos y se me ocurrió bailarles la danza haka, de los guerreros maoríes de Nueva Zelanda, que se acompaña de una gesticulación exagerada, abriendo los ojos grotescamente, sacando la lengua y dándote golpes en el pecho. Los niños se reían a carcajadas.

Después salieron los adultos de la maloca y Sydney me pidió que repitiera la danza; esta vez fui más atrevi do y me bajé los pantalones, como hacen los maoríes, y eso les divirtió todavía más, porque nunca habían visto un trasero tan blanco. Al final, uno de los guerreros korubo se me acercó y me dijo: “usted es un nowa, un hombre blanco. Algunos nowa son buenos, pero la mayoría son malos”. Yo lo miré con ansiedad, esperando que me dijera que yo era de los buenos. El guerrero cogió un puñado de fresas salvajes, las aplastó con la mano y me embadurnó la cara con el jugo. Después mezcló más jugo con el polvo de una raíz y me lo dio a beber. No me atreví a rechazarlo y me lo tomé, cruzando los dedos para que no fuera veneno, pues al lado había otro recipiente donde acababan de preparar curare para las flechas. Pensé que iba a tener un efecto narcótico, como la kava de las islas polinesias, pero sólo me supo a barro. El guerrero me miró sonriendo y copió uno de los gestos maoríes que yo había hecho anteriormente. Creo que eso significó que me aceptaban.

“Me dieron a beber un brebaje… crucé los dedos para que no fuera curare, el veneno con que impregnan sus flechas”

–¿Les lleva regalos a los indígenas?
–No, no suelo llevarles nada, ni me traigo recuerdos de sus poblados, salvo un hacha de piedra korowai que compré en una ocasión.

–¿Están esas tribus en peligro inminente de desaparecer?
–Sin duda. Es una consecuencia de la globalización. Sydney me dijo con amargura que la Iglesia y los madereros eran sus mayores enemigos. La Iglesia sigue empeñada en cristianizarlos, destruyendo sus formas tradicionales de vida, y los madereros quieren talar sus selvas y bosques. Él se considera implicado en su protección y yo temo por su vida porque Sydney tiene muchos enemigos entre la gente que quiere desarrollar la Amazonía a toda costa. El caso es que la cultura occidental seduce a los jóvenes y también a los mayores. ¿Quién se resiste a la televisión, los coches, las armas, la comida variada? La transición es rápida. En cuanto descubren la televisión, clanes enteros se unen para comprar un aparato para toda la tribu, y por ahí se introducen valores ajenos a su cultura y se pierden los suyos tradicionales.
Los niños dejan de aprender la historia oral de sus ancestros, la compleja red de sus mitologías y su forma de entender el mundo, toda esa cultura maravillosa que debe pasar a las generaciones del futuro. Pero ahora van a escuelas donde hay televisión y es como si cambiaran de personalidad. Sydney Possuelo no les lleva imágenes de otros lugares ni les hace fotos ni les enseña su cámara. Dice que aún hay tribus en el Valle de Javari que nunca han tenido contacto con nadie ajeno a su mundo, y que desconoce sus nombres e idiomas, pero que prefiere dejarlos como están: felices, cazando y pescando, con la única visión de su propio mundo.

–¿Y usted cree que eso es justo y lógico?
–Esa es una pregunta que se hace mucha gente. ¿Les hacemos un favor a los pueblos amazónicos manteniéndolos aislados y embotellados como si fueran una curiosidad antropológica? ¿Es la ignorancia una ventaja o debería el gobierno del Brasil abrirles las puertas del siglo XXI y llevarles atención médica, tecnología y educación? Yo creo que el destino inevitable de todas estas tribus es entrar en contacto con el mundo.

–¿Es verdad que le ha pasado de todo en sus viajes?
–Sí, es algo inevitable en los territorios que yo suelo recorrer. He sufrido caídas, infecciones, torceduras, esguinces, me he roto el cráneo y me han picado toda clase de alimañas. En una ocasión el estómago se me infló como un balón y pasé atroces dolores por culpa de una infección, pero puedo decir que tengo mucha suerte porque por alguna razón soy inmune a la malaria, que es lo peor de todo.

–¿Es cierto que usted no sabe conducir?
–Es cierto. Cuando era joven me gustaba tanto la velocidad que tomé la decisión de no conducir nunca porque sabía que me mataría si me ponía al volante de un coche. He tenido que inventar trucos para protegerme a mí mismo de mi deseo de correr riesgos extremos. La mejor protección es el miedo. Nunca me ha impedido hacer las cosas, pero por lo menos me ha hecho más cauteloso.

“No saben lo que es la electricidad; ni los coches, ni las carreteras, ni la penicilina, ni el agua corriente”

–¿Cuál es su próximo proyecto de trabajo?
–Mañana me voy al Congo a estudiar a los gorilas de montaña. Sólo quedan 700 ejemplares salvajes en el mundo, y casi todos están allí, no muy lejos del grupo que estudió en su momento Diane Fossey. A la vuelta pasaré por India para trabajar en un libro sobre caníbales en el río Ganges. Luego voy a México, siguiendo con ese mismo tema, para investigar sobre los aztecas, que eran grandes antropófagos. Después iré a África a trabajar en un estudio sobre leones y finalmente, a Nueva Guinea para asistir al festival de una tribu cuyos miembros consumen el cerebro de sus familiares muertos y están siendo víctimas de una enfermedad aparentemente a consecuencia de ello.

–¿Se iría usted a vivir con los caníbales?
–Me fascinan su cultura y sus costumbres, pero la vida con ellos no es fácil y no creo que pudiera pasar muchos meses allí, armado con arco y flechas, pendiente de la posible emboscada de otro clan. Imagínese tener que andar permanentemente armado para protegerte del riesgo de que te maten y te coman cada vez que abandonas la casa. Pero los korowai están acostumbrados. Es algo normal en su vida, como cruzar la calle de una gran ciudad o comprar el periódico en el quiosco lo es para nosotros.

  • Fuentes:
  1. Pueblos primitivos actuales: Korowai y Kombai, gente de los árboles
  2. Los Korowai, caníbales en los árboles
  3. La tribu Korowai
  4. Sabiduría natural: los Awa y los Korowai
  5. Las costumbres indígenas más raras
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1 comentario

  1. Sólo un apunte: no son de Papúa Nueva Guinea, sino de Indonesia, de Papúa Occidental. Es un lio de nombres, pero por si alguno de lat ribu le da por subir un portatil al árbol que no se enfade… 😉

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